El pasado fin de semana, mi marido y yo fuimos a Bueu, un pueblo de Vigo. Íbamos por trabajo, a cerrar un negocio importante. Para mí era la primera vez que visitaba Galicia y la impresión que me traje no pudo ser mejor.

Llegamos por la tarde, a eso de 19.00 horas. Manolo no tardó en llegar a recogernos al aeropuerto. Fuimos directos al frigorífico en Marín, puesto que allí nos esperaban los clientes. De entrada, se cerró el trato. Había merecido la pena el viaje.

Una vez hubo finalizado la visita a las instalaciones frigoríficas y la inspección de la mercancía, salimos directos a Bueu. Nuestra visita coincidió con la Fiesta del Pulpo que se celebra allí cada año y Mercedes estaba realmente liada preparando tapas de pulpo frito, asado, con arroz, con fabas, con patatas…, así que no nos pudo atender como ella quería aunque eso no significó que nuestra estancia fuera mala, todo lo contrario, fue fenomenalmente bien. Fue en esta visita cuando tuve la gran oportunidad de conocer personalmente a Mercedes; llevábamos tiempo hablando y trabajando a través del teléfono y ya teníamos ganas de vernos las caras. Siempre recordaré la expresión de su rostro la primera vez que me vio; me dijo: “pero si eres muy joven… yo pensaba que eras más mayor…”. Yo me tuve que reír… y es que su comentario, en cierto modo, era lógico. Ella conoce a mi marido desde hace más de diez años e imaginaba que la edad de su mujer estaría más acorde a la de él… No es la primera vez que vemos gestos de sorpresa en los demás cuando nos ven juntos… Sin ir más lejos, el padre de Mercedes se quedó de piedra cuando le dije “hola señor, encantada de conocerle, mi nombre es Mafalda y soy la mujer de Felipe”. En fin… cosas que pasan…

El caso es que, antes de llegar al lugar donde se celebraba la fiesta, hicimos una parada en una carpintería. Nos recibió un señor de edad, el típico gallego, que hablaba en gallego y con el que había que hacer un gran esfuerzo para comprender lo que nos decía. Nos tendió la mano y nos invitó a seguirle por una angosta escalera que daba a una especie de sótano que resulto ser una bodega, su bodega, donde preparaba vino, su vino. Con la naturalidad que dan los años y la vida sana, nos puso en las manos un vaso de cristal, toscamente enjuagado con agua, y descorchó una botella de vino tinto de la cosecha pasada. Estaba buenísimo, exquisito… Acto seguido y sin consultar a nadie, apareció con unas tazas blancas y otra botella de vino tinto, esta vez de la cosecha actual. Nos aseguró que aquel “caldo” había que tomarlo en taza blanca para poder apreciar todas sus cualidades… y cuánta razón tenía aquel hombre. Jamás en la vida había probado algo tan extraordinario, tan espeso, tan rojo, tan… yo qué sé… no entiendo un carajo de vinos, pero aquello que me dieron a probar en una taza igual que la que uso para tomarme la leche del desayuno, era caprice des dieux, manjar de dioses, puro néctar, bocato di cardinale… Con gran dificultad pude comprender parte de sus explicaciones relativas a cómo preparaba su vino y en qué consistía su trabajo de carpintero… Aquel buen señor, con su madera, su vino, sus viejos barribles (más viejos que yo), sus botellas, sus vasos y sus tazas blancas, me hizo sentir como en casa.

A eso de las 21.30 horas llegamos a la Fiesta del Pulpo; estaba hasta la bandera de gente y el lugar estaba amenizado por una banda compuesta por varios jóvenes que tocaban la gaita, el clarinete, el acordeón y el tambor. Hacían una música totalmente diferente a la que hacen las bandas por aquí… me quedé prendada del chico que tocaba la gaita… de su cara… de su forma de tocar… de su forma de mirar… de sonreír… me maravilló en cariño con el que sacaba la música de aquel instrumento que yo veía, por vez primera, de cerca.

Comí pulpo, y más pulpo… en todas sus variedades. Nunca imaginé que ese animal tan feo diera tanto juego en la cocina. Nuestros clientes, miraban el plato con cierto recelo pues, no forma parte de su gastronomía este producto… con cierto recelo, y por no quedar mal, hicieron un tímido acercamiento con el pulpo con fabas y… ¡eureka! Casi hubo que separarlos de los platos a cañonazos. Cayeron rendidos ante todos y cada uno de los ocho tentáculos de este gran desconocido para ellos.

La noche transcurrió agradable, amena, divertida, suculenta, entre platos de pulpo y vasos de vino blanco. A eso de la 01.00 de la madrugada, caímos redondos en la cama. Manolo y Mercedes, haciendo uso de esa extraordinaria generosidad que les caracteriza, pusieron a nuestra entera disposición la vivienda que tienen encima de su casa. No faltaba ni el más mínimo detalle.

Al día siguiente volvimos al frigorífico para seguir ultimando los detalles con los clientes y acabar de cerrar el trato. Todo salió mucho mejor que lo que esperábamos y quedamos muy esperanzados de poder mantener una buena y duradera relación comercial.

Sobre las 12.30 horas, regresamos a la Festa do Polbo. Otra sesión de este cefalópodo, empanada gallega, vino, un bogavante, una centolla… yo creía que iba a reventar. Tuve que amenazar a Manolo con que vomitaría todo lo que hasta ese momento me había metido entre pecho y espalda para que dejara de traerme comida… Este hombre no sabía qué más ofrecernos…

A eso de las 15.15 horas, nos despedimos de todos ellos cargados con una caja de pulpo congelado y vino blanco, en dirección al aeropuerto…

No pude evitar maravillarme, incluso, emocionarme con esta gente, y su generosidad, y su amabilidad, y su hospitalidad, y su nobleza, y su sinceridad y su cariño… porque nos trataron con cariño, como unos miembros más de la familia… Allí me sentí bien, a gusto, arropada, querida, respetada… aparte de la belleza de sus paisajes, este lugar cuenta con la belleza de sus habitantes y eso, no tiene precio, no se paga ni con todo el oro del mundo… Bueu y sus habitantes han dejado una huella imborrable en mi corazón y siempre les miraré con cariño por haberme recibido, aun sin conocerme, con los brazos abiertos. Sólo puedo decir una cosa más: muchísimas gracias.