EL FEO Y TENEBROSO ROSTRO DE LA MUERTE
Ayer le vi la cara a la muerte, otra vez.
A las 15.40 horas, en el Hospital Doctor Negrín de Gran Canaria, mi tío abandonó este mundo después de un largo sufrimiento y como consecuencia de un infarto cerebral y una cirrosis sin precedentes. El hermano mayor de mi madre. En total, cinco: una hermana y cuatro hermanos, tres de ellos alcohólicos patológicos; y éste era uno de ellos. Hasta el mismo momento en que entró en coma, tuvo como única y fiel compañera una botella de vino, ron, ginebra… una botella, siempre una botella…
Muchas fueron las visitas al hospital; muchas las intervenciones; muchos los sustos; varios los diagnósticos de los médicos diciendo que no había nada más que hacer; pero esta vez, ella vino y esperó hasta llevárselo.
A mi llegada, ya le habían desconectado los aparatos y el sacerdote del hospital se encontraba en la habitación, proporcionándole los Santos Óleos. Una situación, extraña, surrealista, casi. A veces, nos vemos envueltos en situaciones raras, morbosas, diría yo, de las que no podemos zafarnos porque sabemos que la persona que más queremos está sufriendo muchísimo y no la podemos dejar sola. Te tienes que quedar. Aquellos momentos, para mí, fueron sumamente angustiosos: un hombre agonizante, a punto de expirar, rodeado por esposa, hijos, hermanos, sobrinos, enfermeras, médicos… todos esperando ¿el qué?; aquella situación, para mí, rebosaba morbo, mal gusto. ¿Qué estábamos haciendo allí? ¿A qué estábamos esperando? ¿Era correcto lo que estábamos haciendo? ¿Debíamos estar allí? ¿El trance de la muerte no es algo íntimo, privado, personal?
Ya le he visto la cara a la muerte otra veces; más de las que me gustaría contar. Pero siempre había llegado “tarde”, cuando ella ya había cumplido con su labor. En esta ocasión, no obstante, yo llegué antes que ella y eso lo hizo todavía más difícil, más amargo… más incómodo, más aterrador.
Una vez llegada la hora, los médicos y enfermeros certificaron la muerte, siguiendo los pasos reglamentarios en estos casos. Y, después de esto, siempre hay un espacio de tiempo que transcurre entre el fallecimiento y la llegada de los servicios fúnebres, quienes se encargan de todos los preparativos. Ése es el tiempo que te queda para despedirte, mirar y no dar crédito, llorar y venirte abajo. Y eso fue lo que hizo mi madre, junto con todos los demás. Y, una vez más, me tocó comprobar cuán feo y tenebroso es el color y el rostro de la muerte. Y es en estos momentos cuando te planteas tantas cosas… cuando te pones en el lugar de los otros… cuando sientes el peso de la vida y las agujas del destino clavándosete en la garganta para no dejarte tragar saliva. Es en estos momentos cuando miras al futuro con los ojos inundados de miedo, no por ti, sino por aquellos que más quieres y que Ella, un día, se querrá llevar, al igual que hizo con los que ya no están.
Ayer fueron muchos los recuerdos que me vinieron a la mente. Recuerdos de aquellos que se me fueron y que ya no van a volver nunca más. Hoy, tras el entierro y sellado de la tumba, volveremos a pensar “ahora sí que se acabó”.




chipitadechiapas dijo
Ainssss... qué terrible todo lo que envuelve a la muerte. Tienes razón en que deberían ser momentos íntimos, pero ya ves, nunca suelen serlo. Algunos afectados lo llevan mejor si su familia está alrededor. No sé, estas cuestiones tan negras a mí me dan un poco de grima.
Sabes, Mafy? Yo no pienso morirme en toda mi vida!!! Y tú haz el favor de pensar en otra cosa, vale?
29 Junio 2007 | 12:51 PM