Dentro de mi apartado FRAGMENTOS, he decidido incluir pequeñas historias reales que me contaba mi abuelo y que, en su gran mayoría, ponían de manifiesto un gran ingenio por parte de sus protagonistas. Fueron muchos y muy buenos los momentos que viví con mi abuelo Salvador y creo que éste podría ser un bonito homenaje para él. No os podéis imaginar cuánto le echo de menos…
Hace ya muchos años, mi abuelo me contó la historia de una familia en la que uno de los hijos resultó ser bastante vago. No me gustaba trabajar con su padre y sus hermanos en el campo, ni tampoco cuidar el ganado. Siempre estaba cansado y le parecía un verdadero abuso tener realizar aquellas tareas tan duras cada día.
Después de mucho pensar sobre la forma de quedarse exento de aquellas labores, un día el muchacho creyó haber dado con la solución perfecta a sus problemas. Rápidamente, llamó a su padre y ambos se sentaron a hablar:
- Padre, a partir de ahora, he decidido llevar la vida del perro. Dijo el joven.
- ¿La vida del perro, hijo?. Preguntó el padre mientras llenaba de tabaco su pipa.
- Si, padre, he decidido que quiero vivir igual que los perros; llevar la vida del perro. Y los perros no trabajan… Continuó el muchacho.
- Ummm… bueno, me parece bien. A partir de ahora llevarás la vida del perro. Respondió su padre, pausada y tranquilamente.
Finalizada la breve conversación y llegado a un acuerdo, ambos se levantaron y se dispusieron a llevar las tareas que a cada uno le correspondía según la vida que había elegido. Por tanto, el padre se dirigió al campo a trabajar en sus plantaciones y a cuidar de sus animales para sacar adelante a su familia, mientras que el joven se dispuso a poner en práctica su recién estrenada vida; para ello, se tumbó a la sombra de un árbol a contemplar cómo trabajaban su padre y hermanos. Cuando se cansó de aquel lugar, se dio un paseo por la finca y luego se tumbó a tomar el sol. Y así fue como transcurrió toda la jornada hasta la hora de comer.
Una vez puesta la mesa, todos se dispusieron a sentarse para comer, incluido el joven de vida perruna.
-¡Eh! ¿Acaso en esta casa, los perros se sientan con nosotros a comer en la mesa? Lo lamento, pero teniendo en cuanta que has decidido llevar la vida del perro, me temo que no podrás sentarte a comer con nosotros. Dijo el padre al muchacho.
-Tiene razón, padre; me esperaré para comer después de ustedes, igual que nuestros perros. No me importa. Contestó resuelto el muchacho.
La familia comió tranquilamente, como cada día, comentando el trabajo de la jornada. Mientras tanto, el joven de vida canina permanecía en el patio, tumbado a la sombra esperando pacientemente a su momento para comer.
Una vez que la familia hubo terminado de comer, la madre se dispuso a juntar en un plato todas las sobras: huesos, pieles, cáscaras de queso, restos de gofio amasado con el potaje, carozos de piñas… Acto seguido se lo dio al padre quien, sin vacilar ni un solo instante, se dirigió al lugar donde se encontraba su hijo, depositándolo en el suelo.
-Toma hijo, aquí tienes tu comida. Comentó el padre con tono amable
-Pero…. Pero… ¿esto qué es, padre? Preguntó el hijo atónito
-Ésta es tu comida, hijo. Los perros de nuestra casa comen nuestras sobras, ¿no? Pues, ahora que has decidido llevar la vida del perro, esto es lo que te corresponde comer; espero que te guste; el gofio estaba realmente bueno y el queso lo estrenó tu madre hoy. Comentó el padre.
El joven no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Le habían ofrecido sobras para comer, igual que a un perro… Aquel día no pudo probar bocado y ya el resto de la jornada no le pareció tan placentera.
Llegada la noche, el joven se acercó a donde se encontraba su madre y le dijo: “Madre, prepáreme la ropa de trabajo para mañana”.

Es una historia que se cuenta en todas las culturas. Ya la había oido y es muy interesante , y muy de abuelos entrañables.
Un beso.