Hoy, al igual que hace un par de días, mi cerebro tiene gases. Y,como en el caso delas flatulencias convencionales, que si no damos salida a las mismas, comienzan los dolores y malestares, con el cerebro pasa lo mismo. Por ello, y con permiso de los presente, tengo que aliviar la presión de mi cabeza, dejando escapar otro bufo mental:

Pensemos en un ginecólogo; uno cualquiera. Este profesional de la medicina se pasa toda su jornada laboral explorando, palpando, tocando y examinando a todo un rosario de mujeres provistas, única y exclusivamente, de una batita reducida a la mínima expresión y abierta por delante, para más INRI. Aparte de tal indumentaria, la postura adoptada por estas pacientes es, de todo, menos casta y honorable.

Como en cualquier profesión, cuando uno llega a casa, lo hace cansado y con ganas de todo menos de seguir relacionado con la actividad principal de sujornada laboral diaria. Pongamos un ejemplo: el informático no tiene ganas de ponerse delante de su ordenador cuando llega a casa, después de toda una jornada de programación; el camionero no tendrá ganas de coger el coche y sacar a su familia de excursión; el carnicero no tendrá ganas de comerse un filete, después de todo un día dale-que-te-pego con el machete y las chuletas… Partiendo de este punto, es cuando mi cerebro ya necesita dejar escapar sus gases: “En el caso del ginecólogo ¿cómo hay que hacer o ponerse para que encuentre a su mujer excitante, sexy, apetecible y atractiva; tanto como para desear tocarla, besarla y admirarla con deseo y pasión y lascivia,( claro)? ¿Qué le pondrá más cachondo: ver a su mujer en cueros (o con un salto de cama) o con un burka o un hábito de monja?”

Sé que apesta, y mucho. Lo siento.