¿Por qué nos obstinamos en acudir a las películas de ciencia-ficción o a las novelas fantásticas cuando necesitamos una buena dosis de sensaciones fuertes? No nos damos cuenta de que la gran mayoría de esas historias están inspiradas en hechos reales vividos por personas reales, como tú o como yo. Tenemos a nuestro alrededor fuentes inagotables de historias increíbles, capaces de arrebatarnos el sueño y hacer que el simple hecho de ir al baño de madrugada nos suponga un problema. Esas fuentes a las que me refiero están cerca de nosotros; muchas, incluso, viven en nuestra propia casa; sin embargo, nuestra condición inherente de necios hace que las pasemos por alto y no les saquemos el partido que se merecen. Esas fuentes no son otras que nuestros mayores. Esas personas que nos llevan unas cuantas décadas de ventaja y que, a pesar de su aspecto decrépito y desvalido, guardan en sus memorias historias reales, vividas en primera persona, que podrían inquietar al más intrépido novelista de terror.

Su nombre era Inés García Castro. Años más tarde se la conocería como mamá Inés. Según me contó mi abuelo una tarde de invierno, mientras me pelaba unos cuantos tunos que yo devoraba ferozmente, los hechos sucedieron cuando él apenas contaba 12 años de edad.

Muy cerca de la casa de mi bisabuela vivía una mujer llamada Inés. Vivía sola, pues su padre marchó para Venezuela cuando ella tan sólo tenía 3 años y su madre había fallecido hacía cuatro.

Inés era una muchacha de unos 24 años. Soltera. Una mujer hermosa. Se ganaba la vida limpiando en casa de D. Antonio Ventura. Se decía que era una chica bastante pizpireta, lo cual no era muy bien visto por las gentes de lugar. Nunca se le conoció novio. Tal vez, por esa misma razón, lo que ocurrió en su casa, una noche del mes de junio, resultó tan sorprendente para los habitantes del pueblo.

Eran las 02.30 horas del jueves, 17 de junio de 1937. La noche estaba clara, aunque hacía fresco a aquella hora. Inés estaba en su casa, sola, sudorosa, en su cama y con el cabo de una cuchara de madera ente los dientes para tratar de ahogar los gritos de dolor. Estaba pariendo. Empujó una vez y otra, y otra más. Se sentía desfallecer con tanto esfuerzo hasta que, al final, pudo echar fuera a la criatura que llevaba dentro: un niño que ya nació llorando. Haciendo uso de las últimas fuerzas que le quedaban, se pudo poner en pie, dejando al bebé en la misma posición en que había quedado al salir de sus entrañas. Después de mojarse la cara con agua fría, regresó a la cama y se quedó mirando a aquel niño, su hijo. Después de unos minutos, cogió la almohada y asfixió a su bebé recién nacido.

Se trataba de una muchacha rellenita que, gracias a esos kilos de más y a la fortuna de no haber hecho mucha tripa, consiguió disimular su embarazo mediante el uso de fajas.

Después de haber apagado la recién estrenaba vida de su hijo, Inés abrió el último cajón de la cómoda de su dormitorio. Estaba totalmente recubierto de cal. Envolvió al bebé muerto en unas sábanas viejas, lo introdujo en el cajón y terminó de recubrir el cuerpo con la cal. Cerró el cajón y se dejó caer en la ensangrentada cama; estaba rendida.

[Hasta aquí he llegado, de momento]