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A las cinco y media de la tarde, el cementerio estaba vacío. La cal con la que se había sellado la tumba del herrero aún estaba tierna. Cayó la noche, una noche de invierno. No llovía y el sereno se calaba hasta el interior de los huesos. Estaba oscuro; no había nadie en la calle, ni siquiera un perro con un mendrugo entre los dientes, como aquel que me dio la bienvenida el día de mi llegada al pueblo. A las tres menos cuarto de la mañana algo sucede en el cementerio. Está vacío, no hay absolutamente nadie, sin embargo alguien respira. Es D. Zacarías, el herrero. Sí, queridos amigos, nuestro muerto comienza a respirar y abre los ojos. Está aturdido, no sabe dónde se encuentra, no recuerda nada. Intenta moverse, pero casi no puede; está amortajado. Después de unos minutos de desorientación, se teme lo peor. Me han enterrado vivo. El pobre hombre, presa del pánico, comienza a gritar desesperadamente. El cementerio está vacío; nadie le puede ayudar. Está muy débil y se da cuenta de que, así, acabará por agotarse del todo. No sabe qué hacer; está asustado, aterrorizado. Comienza a mover las piernas; trata de calcular las dimensiones de su féretro. Nota que sus pies chocan contra el fondo de la caja. Empieza a golpearlo. Cada vez más fuerte. Trata de desfondarla para luego empezar con la lápida. Se remueve dentro del nicho. Ya no queda demasiado aire. Está dando golpes frenéticamente, como una fiera acorralada a la que le enseñan el rostro de la muerte. Grita, grita desesperadamente. Golpea y golpea el fondo de la caja. Los zapatos nuevos que le han puesto para la ocasión, le hacen daño. No importa. Golpea; golpea más fuerte. El ataúd se resquebraja. Está a punto de conseguirlo. Esas grietas hacen que no se rinda. Sigue golpeando. Le falta el aire. Se retuerce. Casi no se puede mover. Pero golpea, golpea fuerte. Después de incontables patadas, se oye el ruido de la vida: la caja se rompe. Lo más difícil ya está. La cal de la lápida está aún tierna por el terrible relente de la noche. Está desfallecido. No puede más. Unos golpes más, cada vez con menos fuerza, y consigue tirar su loza. La vida, transformada en frío intenso, le da la bienvenida con un abrazo. Consigue echarse fuera de su nicho. Cae al suelo, boca abajo. Se abandona. Ha perdido el conocimiento, sin embargo, ya no hay nada que temer. Ha podido vencer a la muerte, a esa muerte que ya le había bendecido y sepultado. Pasan las horas. Son las cinco y veinte. El herrero sigue en el suelo, tal y como había caído de su sepultura. Esa es la hora a la que D. Isidoro, el sepulturero, comienza a trabajar. Normalmente, empieza barriendo las hojas que van cayendo al suelo; sin embargo, hoy había decidido arreglar las posas de los naranjos. Entró en el cuarto de aperos y cogió la azada. Mientras se dirigía a aquellos árboles, silbaba una canción. Iba mirando al suelo; en un hombro se había apoyado la azada y con la otra mano se rascaba la cabeza por debajo del sombrero. A pesar de estar silbando constantemente, era un hombre de muy mal carácter. Nunca se reía. Nada le conmovía. Todo le parecía mal. Un solterón huraño y cascarrabias que vivía con su hermana. Todavía era de noche pero la luna, en todo su esplendor aquella madrugada, alumbraba cada rincón del cementerio. Al echar por el pasillo del fondo, observa algo extraño. Deja de silbar. Trata de fijar la vista en aquel punto. Se acerca un poco más. No puede ser. No, no puede ser. Le resulta imposible dar crédito a lo que sus hundidos ojos están viendo. No puede ser. No, imposible. Permanece un rato ahí, quieto, sin moverse, casi sin respirar. La tumba del herrero está abierta. En el suelo está la lápida hecha pedazos y, sobre ellos, el cuerpo del muerto. ¿Muerto? ¿Está muerto? No puede ser. Imposible. Pero... El cuerpo está boca abajo. Hay manchas de sangre. ¡Dios mío! ¡Dios del cielo bendito! Se mueve. Trata de darse la vuelta pero le está costando mucho trabajo; casi no puede. El sepulturero tiene los ojos clavados en aquella imagen increíble. En su cara puede verse la sorpresa, la incredulidad... El resucitado consigue volver su ensangrentado rostro hacia D. Isidoro. Tiene la vista borrosa. Lo mira. Lo reconoce. Ha visto la cara de su salvador. Con miles de trabajos, le extiende el brazo para pedirle auxilio. No puede hablar. Está rendido. Sin embargo, su brazo sigue extendido. El sepulturero mira a un lado y otro del cementerio, con mucho detenimiento. Se está asegurando de que no haya nadie más en aquel lugar. Nadie. Ni un alma. Ni un testigo. Nadie. Lentamente, se dirige al herrero agonizante. Mientras avanza, le mira fijamente a los ojos. El resucitado le mira desesperado, suplicante. Isidoro se detiene junto a él y, sin apartar la mirada de sus ojos, coge la azada, la levanta por encima de su cabeza y le asesta un golpe certero en la parte posterior del cráneo. El herrero se desploma en el suelo. Muerto. Rápidamente, comienza a formarse un charco espeso de sangre bajo su cuerpo. El sepulturero observa al difunto. Espera el más leve movimiento para volver a golpearle con la azada. No. D. Zacarías está muerto. No se mueve. Después de haber luchado encarnizadamente contra la muerte y de haberla vencido, su enterrador le arranca la vida con la azada de arreglar las posas de los naranjos. Tras comprobar que su víctima ha fallecido, vuelve a introducirlo en su destartalado féretro. Las cosas hay que dejarlas como están. Y, silbando su canción, selló perfectamente la sepultura.
Nota: Esto es el fragmento de un texto escrito por mí en el año 2001
de donde te sale tanta imaginacion?
está bueno, pero pobre del D. después de haber luchado tanto, termina muerto por el sepulturero, que malvado.
Digamos que me he limitado a escribir un cuento a partir de una historia que me contaron y que aseguraban ser cierta. No sé realmente cuánto tenía de verdadera o no pero sí puedo decir que al supuesto sepulturero asesino yo lo llegué a conocer en persona.
Éste ya lo conocía, y me gusta lo mismo que el primer día ;-)