Estábamos en tu casa; los dos solos, mientras esperábamos que llegasen los demás. Se estaban retrasando. Tú estabas en tu dormitorio, trasteando en no sé qué, con la ropa del día pero descalzo. Yo me senté en el sofá a esperar por los demás, que no llegaban. Se escuchaba de fondo una música de estilo étnico, me pareció. La luz del salón estaba apagada y la única iluminación que había, llegaba de la lámpara de la entrada. Al cabo de un rato, apareciste tú y te sentaste en el sillón que se encontraba en frente de mí. Empezamos a hablar de lo de siempre: nada personal. En la posición en la que te encontrabas sentado, podía ver claramente uno de tus pies desnudos. Seguíamos hablando de lo mismo. De repente, tu voz pasó a un segundo plano, casi imperceptible para mí ya. Me levanté de mi sitio y me acerqué a ti, mirándote y sin hablar. En ese momento, tú también dejaste de hablar y me miraste con sorpresa en los ojos.

“Cierra los ojos un momento”, te dije.

“¿Cómo? ¿Qué cierre los ojos? ¿Por qué? ¿Qué pasa?”, preguntaste tú.

“Ciérralos un momento y verás; será sólo un instante, no te preocupes”, insistí yo.

Finalmente, y con cierto recelo, los cerraste. En ese momento, me acerqué a ti para besarte suavemente en los labios. Curiosamente, a pesar del sobresalto que te produjo sentir mi boca en la tuya, no abriste los ojos. Mi beso, que al principio se mostraba tímido, se fue volviendo más intenso como respuesta a tu reacción. Poco a poco, fui entreabriendo los labios para dar paso a mi lengua dispuesta a ir en busca de la tuya, húmeda, suave y cálida. Me senté sobre tus rodillas sin dejar de besarte. Debido a lo incómodo del sillón me coloqué de lado, a la vez que tú me rodeabas con tus brazos por la cintura. Te besé; de todas las formas posibles lo hice. Tus manos grandes se escabulleron por debajo de mi blusa hasta llegar a mis pechos, mi espalda, mi cuello… No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos encontramos desnudos de cintura arriba. Acerqué mi pecho al tuyo para absorber el calor que desprendía tu cuerpo. Tu mano derecha emprendió un nuevo rumbo por debajo de mi falda… Separé las piernas, primero levemente, para luego abrir paso total y sin condiciones a tus dedos. Deseaba más, sin embargo, el sillón en el que nos encontrábamos actuaba como barrera a nuestros deseos desatados. Dispuestos a no darnos por vencidos, me llevaste el suelo, sobre la alfombra. Una vez allí, tus manos y las mías ya eran libres. Poco a poco, aunque con desesperación, nos fuimos despojando de las prendas que aún nos quedaban encima hasta alcanzar la desnudez total y, con ella, el pleno contacto de nuestros cuerpos. Tus manos recorrían mi piel como quien trata de descifrar un código secreto. Te acaricié, te besé, lamí tu piel, me impregné de tu olor… Estaba lista, preparada y deseosa de entregarme a ti total y absolutamente… Sin embargo, en el mismo momento de recibirte en mi interior… un atronador e insoportable sonido nos sacó bruscamente de nuestro éxtasis de aquel divino momento: la maldita alarma del despertador; eran las 07.00 horas del viernes, 4 de mayo de 2007.